miércoles, 25 de diciembre de 2019

Evangelio del 25 de diciembre. Natividad del Señor.

Lectura del santo Evangelio según Lucas
Lc 2, 1-20

Por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Mientras estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue.
Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el ángel del Señor, la gloria del Señor los envolvió en su luz y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.» Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial que alababa a Dios diciendo:
«Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.» 
Cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: 
«Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.» 
Fueron a toda prisa y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho.


Mientras estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el albergue.
En un pesebre. El pesebre es donde los animales encuentran su alimento. El recién nacido yace en un pesebre. Cuando se haga mayor dirá de sí mismo que Él es el verdadero pan bajado del cielo; el verdadero alimento que todos necesitamos para ser personas auténticamente humanas. Por eso que el pesebre se convierte en una referencia a la mesa de Dios. Tenemos en el pesebre al verdadero Señor del mundo. La pobreza del pesebre es el verdadero signo de Dios. Los pastores la aceptan sin titubear. Ellos pertenecen al grupo de los sencillos, de los pequeños; solamente a ellos, no a los sabios e inteligentes, se les revela los misterios del Reino.

¿Por qué un buey y una mula junto al pesebre? La respuesta la encontramos en el comienzo del libro del profeta Isaías: El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su dueño (Is 1, 3). Los dos animales representan a los humanos, de por sí tan desprovistos de entendimiento.

No nos cansemos en estos días de Navidad de contemplar el belén. Importa poco que sea belén físico o imaginario. Contemplando llegaremos a entender mejor la suprema verdad: que Dios es amor. Y también que el amor no es una sensación romántica de bienestar. Contemplando al niño del pesebre entenderemos mejor que eso de la redención no consiste en entrar en un estado que algunos llamarían hoy WELLNESS (o bienestar). Que el haber sido redimidos consiste en no vivir oprimidos por el propio yo. Contemplando al niño del pesebre entenderemos mejor que la vida de quien se sabe redimido, la vida del cristiano, implica salir del ámbito de los criterios dominantes en la sociedad, para entrar en la órbita del niño del pesebre.

El Papa Francisco nos anima a vivir intensamente la Navidad con estas palabras: Llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas. Así saborearemos en Jesús el verdadero espíritu de Navidad: la belleza de ser amados por Dios.


Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa
Santander Cantabria
España 


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