Lectura del santo Evangelio según Lucas
Lc 12,8-12
«Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el
Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me
niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.
A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará; pero
al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no
os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el
Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.»
Al que diga una palabra contra este Hombre se le perdonará; al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
Jesús
ha probado y tolerado el rechazo a su persona en varias ocasiones y
lugares: en Nazaret, en Gerasa (Lc 4, 30 y 8, 37). Pero no tolera el
rechazo al Espíritu Santo. Es el rechazo que se da en los fariseos que,
con su legalismo, consiguen tergiversarlo todo, convirtiendo lo malo en
bueno y lo bueno en malo. Se creen profundamente religiosos y moralmente
irreprochables, pero viven de espaldas al primero de los mandamientos,
el del amor, y saben tranquilizar conciencias cumpliendo con exactitud
cosas secundarias. Y no necesitan de Dios para salvarse; ellos se
bastan. El pecado contra el Espíritu Santo está también representado por
el hermano mayor del pródigo que, mientras no perdone, no entrará en la
sala del banquete.
Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los jefes o autoridades, no os preocupéis de cómo os defenderéis o qué diréis.
Quienes
seguimos a Jesús no debemos vivir condicionados por ningún miedo,
porque sabemos que Él, por su Espíritu, está siempre con nosotros.
Nuestra vida debe estar animada por una confianza absoluta y, por tanto,
por una plena libertad interior. Estamos supuestos a sentir
gozosamente, como dirigida a nosotros, la visión del profeta Zacarías.
Nada de mecanismos de defensa: Por
la multitud de hombres y ganados que habrá, Jerusalén será ciudad
abierta. Yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio
de ella (Zac 2, 8-9).
El
Señor nos enseñó a pedir el perdón por nuestras ofensas; quizá nosotros
podríamos añadir que nos perdone también por nuestras defensas.
Parroquia
de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa
Santander Cantabria
España

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