Lectura del Evangelio según Lucas
Lc 11,27-28
Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo:
«¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!»
Pero él dijo:
«Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.»
Cuando decía esto, una mujer de la multitud alzó la voz y dijo: ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!
Una mujer de la multitud. Está escuchando a Jesús. Le encanta lo que dice, el cómo lo dice, su voz, su persona. No puede menos que hacer público su encantamiento diciéndole lo dichosa que debe estar la madre de semejante hijo.
Ella, la Madre, estaría por allí, perdida en la multitud. En ese momento, los ojos de Madre e Hijo se encontrarían. Y, a través de los ojos, los corazones. Hay sintonía perfecta. El entusiasmo de María por su hijo es más hondo que el de aquella otra mujer; va más allá de lo biológico. Él es su Hijo, pero es también su Señor. Si a María se le ocurriese repetir ahora su Magnificat se lo dirigiría a Él: Proclama mi alma la grandeza del Señor: la grandeza de este Señor mío, que es mi Hijo. Así es cómo comulga perfectamente con la réplica de Jesús a aquella mujer:
¡Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!
María se siente dichosa, muy dichosa, por ser la madre de Jesús. Pero se sabe más dichosa aún por ser su primera discípula. El Papa Francisco dice que Jesús no rechaza los vínculos de la sangre ni de la familia, pero hay otros lazos que dan mayor consistencia y mayor sentido a la vida y a las relaciones. Cuando se acentúa el vínculo de la sangre, de la raza, de la ideología propia, se tiende a excluir a los que no la tienen, creando rivalidad. La Palabra de Dios une a todos y da igual valor a todos por encima de su condición.
Parroquia
de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa
Santander Cantabria
España

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