martes, 26 de noviembre de 2019

Evangelio del 26 de noviembre. Martes 34.

Lectura del Evangelio según Lucas 

Lc 21,5-11

Como algunos hablaban del Templo, de cómo estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: 
«De esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida.» 
Le preguntaron: 
«Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?»
Él dijo: 
«Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: `Yo soy' y `el tiempo está cerca'. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato.» 
Entonces les dijo: 
«Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo.»



Maestro, ¿cuándo sucederá eso y cuál será la señal de que está para suceder?
Es el punto de partida del discurso sobre la destrucción del templo; discurso que ocupa esta última semana del año litúrgico. Nosotros aplicamos las palabras de Jesús a los últimos días de nuestra vida en la tierra. Dice san Pablo: Sabemos que si esta tienda que es nuestra morada terrestre se desmorona, tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano humana, que está en los cielos (2 Cor 5, 1).

El desmoronamiento de la tienda terrestre suele llegar con la enfermedad o los achaques de la edad. Esto puede provocar reacciones dispares: ¿rebelión con amargura?, ¿resignación con tristeza?, ¿aceptación con serenidad? La positividad o negatividad de mi reacción ante el desmoronamiento de mi persona dependerá en buen grado del vigor de la fe. Una fe sólida me hará asumir enfermedad y achaques con el ánimo de Abrahán que pensaba que poderoso era Dios aún para resucitar de entre los muertos (Heb 11, 19).

El desmoronamiento de la tienda terrestre será, desde luego, lo que verdaderamente pondrá a prueba mi fe. Será también el momento de la purificación definitiva. La fe me hará madurar en la humildad; me hará, sobre todo, confiar única y exclusivamente en Dios. Tendré claro que solamente Él puede conducirme a través del duro desierto de la enfermedad, de las severas limitaciones de la vejez…, y de la muerte. Una fe robusta me hará ver en la muerte, más allá del final del desmoronamiento, el encuentro definitivo con el Señor.  

El cristiano sabe esperar al Señor en cada momento; pero espera en el Señor al final de los tiempos (Papa Francisco).


Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa
Santander Cantabria
España 


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