Lectura del evangelio:
1 Entró en Jericó y cruzaba la ciudad. 2 Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. 3Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. 4 Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. 5 Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: «Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa.» 6 Se apresuró a bajar y le recibió con a legría. 7 Al verlo, todos murmuraban diciendo: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador.» 8 Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré cuatro veces más.» 9 Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán, 10 pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.»
Cuando Jesús llegó al sitio, alzó la vista y le dijo: Zaqueo, baja aprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa.
Lo de Jesús es desconcertante. Conoce al hombre que le observa desde lo alto del árbol. Sabe que es despreciado por toda persona de bien y, sin embargo, pide ser acogido en su casa. Lo había dicho antes: No tienen necesidad del médico los que tienen buena salud, sino los enfermos (Lc 5, 31). Así actúa; como médico preocupado de curar heridas, sin importarle cómo se produjeron.
Jesús llegó al sitio y alzó la vista.
Sus ojos conectaron con los de Zaqueo. Es bueno detenernos a contemplar este momento. Es bueno contemplar los ojos de Jesús para ver cómo mira y para aprender a mirar como Él. Es bueno contemplar los ojos de Zaqueo para tratar de entender qué fuerza le ha llevado a subirse a un árbol para ver a Jesús. También será bueno contemplar los ojos de los que murmuran: Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador. Así aprenderemos a no mirar como ellos.
Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió muy contento.
No le dio por arrodillarse ante Jesús y hacerle una detallada confesión de sus pecados. No le dio por perder tiempo mirándose a sí mismo; le dio por disfrutar de la generosidad de la acogida y del perdón. Desapareció toda culpa, y apareció un horizonte nuevo en su vida; un horizonte lleno de luz y poblado de prójimos: Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y a quien haya defraudado le restituyo cuatro veces más.
El Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.
Evoquemos al pastor que busca a la oveja perdida y no para hasta encontrarla. Evoquemos las palabras de Jesús: Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo… Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él.
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