martes, 12 de julio de 2022

Evangelio del 13 de julio. Miércoles 15.

Lectura del Santo Evangelio según Mateo
Mt 11, 25-27

En aquel tiempo, Jesús exclamó: 

"Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"

¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla!

A la gente sencilla: los humildes, los pequeños, los que no cuentan. Solamente desde la humildad es posible tener algún conocimiento del Dios-Amor. En otro momento y con otras palabras Jesús dirá esto mismo: Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de Dios (Mt 18, 3). Es la actitud de vida más envidiable. Ya en el Antiguo Testamento se lo había revelado Dios a los profetas: Yo enseñé a andar a Efraín y lo llevé en mis brazos, y ellos sin darse cuenta de que yo los cuidaba… Fui para ellos como quien alza una criatura a las mejillas (Os 11, 3-4). 

Es la más profunda realidad de todo ser humano. Pero solo unos pocos somos conscientes de ello. Quizá nunca suficientemente conscientes. Si lo fuésemos, viviríamos el cielo en la tierra.

Dice el Papa Francisco que se trata de una relación de papá a hijo. Pero si no somos pequeños, esa relación no logra establecerse. Si nos sentimos fuertes, jamás tendremos la experiencia de las caricias tan bellas del Señor.

Muchos grandes pensadores han intentado llegar a Dios. Algunos han llegado a expresar su deseo de creer y su envidia hacia los creyentes. Pero, ¡cuesta tanto a la razón humana doblar la rodilla ante el tan irracional misterio de la Encarnación! Uno de estos grandes pensadores pudo, finalmente, expresarse así: Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido, a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame, por piedad; vuélveme a la edad aquella, en que vivir es soñar (Miguel de Unamuno).

Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa. 
Santander, Cantabria. España

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