Mt 12, 49-53
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
"He venido a traer fuego a este mundo, y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, mas bien he venido a traer división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra."
He venido a arrojar fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!
Un evangelio apócrifo pone en labios de Jesús estas palabras: El que está cerca de mí está cerca del fuego. El que está lejos de mí está lejos del reino. El fuego representa la fuerza de Dios que irrumpe en nuestra historia personal y universal, y nos transforma liberándonos de todo lo que se resiste a ese fuego. Nos transforma encendiendo en nosotros la pasión por Dios y la compasión por los prójimos más necesitados.
Hoy, cosa extraña, contemplamos a un Jesús impaciente. El Papa Francisco dice que Jesús revela a sus amigos su más ardiente deseo: traer a la tierra el fuego del amor del Padre. El fuego del Evangelio quema; quema toda forma de particularismo y mantiene la caridad abierta a todos.
Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!
Jesús se está refiriendo a su pasión, muerte y resurrección. Jesús entiende perfectamente que lo que Él proclama, su Evangelio, va a encontrar un rotundo rechazo en el mundo. Entiende el fin que le espera a Él, y nos avisa de que esa será también la suerte de sus seguidores. No nos hagamos ilusiones pensando que, si lo hacemos bien, la sociedad abrazará los valores del Evangelio. También Él fracasó. Claro que al final, sí; al final todo será puesto bajo sus pies. Al final, sí; asistiremos a la plenitud del que lo llena todo en todo (Ef 1, 23). Pero mientras ese final no llegue, nos toca asumir, como asumió Él, el rechazo y la persecución.
¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división.
El saludo de Jesús es siempre un saludo de paz. ¿Cómo entender lo que ahora nos dice? Lo entendemos desde esa oposición acérrima del mundo a los valores del Evangelio. Quizá nosotros, aquí y ahora, no seremos perseguidos hasta la sangre, pero sí que nos ignorarán, sí que nos mirarán como a reliquias del pasado, sí que tratarán de borrar todo vestigio con sabor a Evangelio.
Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa.
Santander, Cantabria. España.
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