Lectura del Evangelio según san Juan
Jn 3,16-21
«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios. Y el juicio está en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios.»
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único… Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él.
A nosotros, creyentes, el Señor nos ha dado las alas de la fe. No podemos quedar encerrados en nuestras jaulas, afligidos por fragilidades y miserias. Estamos llamados a salir de la jaula y volar, dejándonos envolver por la luz y el calor del Sol; por ese amor infinito de Dios manifestado en el Hijo Crucificado y Resucitado: ¡Sal fuera y gloríate en tu gloria! (Juan de la Cruz). Esta grandiosidad del amor de Dios debe desterrar toda negatividad y todo abatimiento.
Así lo piensa san Pablo: Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra (Ef 1, 10). Quienes no tienen alas se quedan en sus jaulas. Pero también ellos, llegado el momento culminante, formarán parte del cortejo del Cordero: ¿No voy a apiadarme de tantos que no distinguen la derecha de la izquierda? (Jon 4, 11).
Así lo piensa el Papa Francisco: La palabra definitiva de Dios sobre el mundo no es el juicio sino el Amor. Su amor gratuito y solidario se encarna en Jesús para que la vida lo sea en abundancia para todos y todas, empezando por los más débiles.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único.
Este Hijo único, Jesús, nos amó hasta el extremo: el extremo de la cruz. Ahí, en la cruz, es donde se esconde el misterio de Dios. Ahí, en la cruz, es donde encontramos la emocionante realidad de la gratuidad y universalidad de la salvación.
Parroquia
de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa
Santander Cantabria
España

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