Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.
No es extraño que muchos de sus discípulos encontrasen inaceptables estas palabras y le abandonasen. Lo realmente sorprendente es que algunos de ellos continuasen con Él. Pedro proclamará: Señor, ¿a quién vamos a ir?... Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios. Pero tampoco Pedro puede presumir de entender y aceptar a Jesús. Llegado el momento del lavatorio de los pies hará lo posible por devolver a Jesús al lugar que le corresponde. No está de acuerdo con ese despojarse de su rango y tomar la condición de esclavo y pasar por uno de tantos (Flp 2, 7).
Con la actitud de Pedro se ha llegado a convertir la Eucaristía casi en una ópera. Con la actitud de Pedro llegamos a descarnalizar la Eucaristía, poniendo al Señor en un elevado pedestal rodeado de ángeles.
Antes de recibir la comunión repetimos las palabras del centurión: Señor, no soy digno… Basta que lo digas de palabra (Mt 8, 8). A Jesús le encantó la fe del centurión. Pero, ¿no habría sido mejor si hubiese añadido: Pero ven, Señor; será un gran honor y una gran alegría recibirte en mi casa?
Celebramos la fiesta del Corpus; la fiesta del Cuerpo. La religión de Jesús es de carne y de sangre. Visible, tangible, vulnerable. Así la Encarnación, así la Eucaristía: tomad y comed. Dios viene a nosotros a través de los sentidos. Se da a sí mismo, no como premio merecido, sino como regalo gratuito. Celebramos la fiesta del Amor hecho sacramento. Sentémonos cómodos en nuestra silla y permitámosle lavarnos los pies.
No está permitido vivir la Eucaristía en clave individual e intimista. La Eucaristía, vivida como memorial de la muerte de Cristo, como recuerdo del Crucificado, debe inspirar a cada creyente una actitud samaritana en medio de la pobreza y la miseria existente en nuestro entorno y en los márgenes de la sociedad. Debe conducirnos a la com-pasión, a la generosidad y al perdón.
Oh María,
Tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y esperanza. Nosotros nos encomendamos a Ti, salud de los enfermos, que ante la Cruz fuiste asociada al dolor de Jesús manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del Pueblo Romano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de Galilea, pueda regresar la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos. Y ha tomado sobre sí nuestros dolores para llevarnos, a través de la Cruz, al gozo de la Resurrección. Amén.
Bajo tu protección, buscamos refugio, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas de los que estamos en la prueba y líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!
Parroquia
de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa
Santander Cantabria
España
Fuentes: Dibujos de Fano en color. Diócesis de Málaga: Portal de la Iglesia Católica de Málaga
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