Lectura del Evangelio según Mateo
Mt 11,25-30
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo:
«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»
Venid a mí todos los que estáis fatigados y
sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón.
Manso y humilde de corazón. Así es el corazón de Jesús; así es el corazón de Dios.
Nos cuesta entenderlo; también a quienes nos decimos cristianos. Existe la
incredulidad del ateo. Pero hay otra incredulidad más sutil y más frecuente: la
de quienes creen en un Dios que no se parece al de Jesús, manso y humilde de corazón. Es cierto que se requiere
mucha fe para creer en un Dios que nos ama hasta el extremo de la cruz, y para
relacionarnos con Él como niño con papá, o como dos buenos amigos.
Esta
fiesta del Sagrado Corazón nos pone ante los ojos el Amor. Dios es Amor:
infinitamente grande, infinitamente gratuito, infinitamente misericordioso. Hoy
celebramos, como canta Zacarías, las entrañas de misericordia de
nuestro Dios (Lc 1, 78). ¡Qué bueno sería despojar al Sagrado
Corazón de las recetas mágicas de salvación que le acompañan! ¡Qué bueno sería
desvestir al Sagrado Corazón de ropajes de reparación para revestirlo
únicamente del ropaje del amor! ¡Qué bueno sería que el Sagrado Corazón, de
carne y de sangre, fuese el lugar de encuentro con la divinidad! Porque, como
dice Teresa de Ávila, es gran cosa, mientras vivimos y somos
humanos, traerle humano.
Venid a mí todos los que estáis fatigados y
sobrecargados.
Fatigados y sobrecargados por cualquier desventura. ¿Quizá por nuestras propias
aflicciones físicas o morales? Tengamos siempre claro que una intensa
conciencia de pecado debe ayudarnos a descubrir y a adentrarnos en el Corazón
de Jesús. Porque quien no sabe de pecado, no puede saber de misericordia; ni
del Corazón de Jesús.
Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa
Santander Cantabria
España

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