miércoles, 17 de agosto de 2022

Evangelio del 18 de agosto. Jueves 20.

Lectura del Santo Evangelio según Mateo
Mt 22, 1-14

Jesús siguió hablándoles por medio de parábolas: 

"Aprendan algo del Reino de los Cielos. Un rey preparaba las bodas de su hijo, por lo que mandó a sus servidores a llamar a los invitados a la fiesta. Pero éstos no quisieron venir. De nuevo envió a otros servidores, con orden de decir a los invitados: 

"He preparado un banquete, ya hice matar terneras y otros animales gordos y todo está a punto. Vengan, pues, a la fiesta de la boda".

Pero ellos no hicieron caso, sino que se fueron, unos a sus campos y otros a sus negocios. Los demás tomaron a los servidores del rey, los maltrataron y los mataron. El rey se enojó y envió a sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos e incendiaron su ciudad. Después dijo a sus servidores: 

"El banquete de bodas sigue esperando, pero los que habían sido invitados no eran dignos. Vayan, pues, a las esquinas de las calles e inviten a la fiesta a todos los que encuentren".

Los servidores salieron inmediatamente a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, de modo que la sala se llenó de invitados. Después entró el rey para conocer a los que estaban sentados a la mesa, y vió un hombre que no se había puesto el traje de fiesta. 

Le dijo: 

"Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas?" 

El hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a sus servidores: 

"Átenlo de pies y manos y échenlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Sepan que muchos son llamados, pero pocos son elegidos".


Despachó a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron ir.

Los invitados a la boda que no quisieron ir son los judíos. Pero son también todos aquellos que anteponen sus intereses a la invitación del rey que celebra la boda de su hijo. Puede tratarse de cristianos que son muy fervorosos pero que viven muy ocupados consigo mismos. Santa Teresa escribe: ¡Quién tuviera palabras, Señor, para dar a entender qué dais a los que se fían de Vos, y qué pierden los que se quedan consigo mismos!

Por tanto, id a los cruces de caminos y a cuantos encontréis invitadlos a la boda. 

El Reino es una gran fiesta a la que todos estamos invitados. En la versión de Lucas (14, 23), a todos se nos obliga a entrar. Por tanto, nada, absolutamente nada, puede impedir que entremos: La sala de bodas se llenó de comensales, malos y buenos. De nuevo, como en la parábola de los viñadores llamados a distintas horas del día, Jesús se complace en mostrar la extravagancia del proceder de Dios. Un proceder que le lleva a no exigir ningún requisito previo. Sin embargo, la segunda parte de la parábola, difícil de conjugar con la primera, sí habla de un requisito.

Le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado sin traje apropiado?

Quizá entenderemos mejor esta segunda parte de la parábola recordando las palabras de Jesús: No todo el que me diga: ¡Señor, Señor! Entrará en el Reino de Dios, sino el que haga la voluntad de mi Padre del cielo (Mt 7, 21). O estas otras de la carta de Santiago: Muéstrame tu fe sin obras y yo te mostraré por las obras mi fe (St 2, 18).

Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa. 

Santander, Cantabria. España

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