martes, 30 de agosto de 2022

Evangelio del 31 de agosto. Miércoles 22.

Lectura del Santo Evangelio según Lucas
Lc 4, 38-44

Salió de la sinagoga y entró en casa de Simón.La suegra de Pedro estaba con fiebre muy alta y le suplicaban que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue. Inmediatamente se levantó y se puso a servirles. Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban. Él ponía las manos sobre cada uno y los sanaba. De muchos salían demonios gritando: ¡Tú eres el Hijo de Dios! Él los increpaba y no los dejaba hablar, pues sabían que era el Mesías. Por la mañana salió y se dirigió a un lugar despoblado. La multitud lo anduvo buscando, y cuando lo alcanzaron, lo retenían para que no se fuese. Pero él les dijo: 

"También a las demás ciudades tengo que llevarles la Buena Noticia del reinado de Dios, porque para eso he sido enviado". 

Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue. Inmediatamente se levantó y se puso a servirles.

Escuchábamos ayer el relato de la curación del endemoniado en la sinagoga de Cafarnaún. Hoy vemos cómo Jesús cura a una multitud de enfermos, comenzando con la suegra de Pedro.

La enfermedad, física o mental, es una realidad bien conocida de todos. Exceptuando los casos de muerte repentina, nadie se libra de ella. Podríamos reaccionar de distintas maneras ante la enfermedad: ¿con la rebelión?, ¿con la resignación?, ¿con la tristeza? Un enfermo de la antigüedad se lamentaba así: Estoy extenuado de gemir, baño mi lecho cada noche, inundo de lágrimas mi cama (Salmo 6).

La fe hace que los creyentes veamos y vivamos la enfermedad como una prueba, una purificación, un purgatorio. Así es cómo la enfermedad nos conduce a la humildad y a la confianza en Dios, sabiendo que el Señor nos lleva en todo momento de su mano. La fe hace que los creyentes aprovechemos la buena salud para, como la suegra de Pedro, ponernos al servicio de los demás.

Por la mañana salió y se dirigió a un lugar despoblado. La multitud lo anduvo buscando, y cuando lo alcanzaron, lo retenían para que no se fuese.

Ayer, en la sinagoga de Cafarnaún, los demonios proclamaban su identidad tentándole, como en el desierto, para que asumiese un mesianismo glorioso. Hoy la gente le busca para retenerlo. Le tientan para que Jesús se adapte a sus expectativas y olvide su misión. Algo así como un cristianismo a nuestra medida, como a nosotros nos gustaría. Pero Él no se deja atrapar. Su Espíritu es libre y sopla donde quiere, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va (Jn 3, 8).

Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa. 

Santander, Cantabria. España

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