jueves, 4 de agosto de 2022

Evangelio del 5 de agosto. Viernes 18.

Lectura del Santo Evangelio según Mateo
Mt 16, 24-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

"El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del Hombre con majestad."

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Jesús acaba de reprender severamente a Pedro: ¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios. Ahora se dirige a todos los discípulos, a los de entonces y a los de ahora. Quienes le seguimos debemos tener claro que vamos con Él camino de Jerusalén y de la cruz. Le seguimos con los ojos puestos únicamente en Él, sin dejarnos condicionar por nada nuestro, pasado o futuro, bueno o malo. Como Pablo: Olvidando lo que queda atrás, me esfuerzo por lo que hay por delante y corro hacia la meta, hacia el premio al cual me llamó Dios desde arriba por medio del Mesías Jesús (Flp 3, 13-14).

¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo a costa de su vida?

Se diría que la ocupación principal de nuestra vida es la de intentar ganar; ganar lo que sea: bienes materiales, prestigio, afecto, salud… Somos tan pobres que buscamos algún provecho o ganancia en todo; también en las relaciones con Dios. Le pedimos una buena vida y le pedimos que nos ahorre todo sufrimiento. Nos cuesta entender y aceptar que Él no ha venido a eliminar las cruces de la vida, sino a acompañarnos llevando su cruz por delante de nosotros.

Quien se empeñe en salvar su vida la perderá.

La vida no nos ha sido dada para que la guardemos en tierra timoratamente, como el siervo de la parábola; eso es vivir para uno mismo. La vida nos ha sido dada para, asumiendo riesgos, compartirla y hacerla fructificar. Eso es amar. Tal como lo hizo quien, amándonos hasta el extremo, se entregó por nosotros.


Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa. 

Santander, Cantabria. España

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