viernes, 5 de agosto de 2022

Evangelio del 6 de agosto. Transfiguración del Señor.

Lectura del Santo Evangelio según Lucas
Lc 9, 28b-36

Unos ocho días después de estos discursos, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió a un cerro a orar. Y mientras estaba orando, su cara cambió de aspecto y su ropa se volvió de una blancura fulgurante. Dos hombres, que eran Moisés y Elías, conversaban con él. Se veían en un estado de gloria y hablaban de su partida, que debía cumplirse en Jerusalén. Un sueño pesado se había apoderado de Pedro y sus compañeros, pero se despertaron de repente y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Como éstos estaban para irse, Pedro dijo a Jesús: 

«Maestro, ¡qué bueno que estemos aquí! Levantemos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 

Pero no sabía lo que decía. Estaba todavía hablando, cuando se formó una nube que los cubrió con su sombra, y al quedar envueltos en la nube se atemorizaron. Pero de la nube llegó una voz que decía: 

«Este es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo». 

Después de oírse estas palabras, Jesús estaba allí solo. Los discípulos guardaron silencio por aquellos días, y no contaron nada a nadie de lo que habían visto.

Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar.

Sube con solo tres. Serán testigos de algo tan increíble que no contarán a nadie lo presenciado y escuchado hasta después de la resurrección. Jesús, previendo el tremendo escándalo que supondrá la muerte en la cruz, quiere darles un anticipo de su verdadera identidad. ¿No podemos decir también nosotros que, en algunos momentos puntuales de la vida, también a nosotros se nos ha dado ver destellos de su gloria?

Y mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura fulgurante.

Esta manifestación de su gloria tiene lugar después del primer anuncio de la pasión. Anuncio que concluye con estas palabras: Quien quiera seguirme ha de cargar con su cruz cada día (Lc 9, 23). Los seguidores de Jesús, quienes presenciaron la transfiguración y quienes creemos en el Resucitado, conocemos bien la gloriosa meta final; conocemos también el penoso camino hacia esa meta. Por eso dijo Él que quien pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 16, 25).

Éste es mi Hijo elegido. Escuchadle.

Es lo más central de la transfiguración. Lo más central de la vida de la Iglesia y del cristiano. Por eso los cuatro libritos de los Evangelios son el punto de referencia de todo lo cristiano. Cuando así no es, la persona y el mensaje de Jesús se desvirtúan. Sepamos ponernos a la escucha atenta y orante de Jesús, buscando momentos de oración que permiten la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios. Estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría (Papa Francisco).

Parroquia de Nuestra Señora del Carmen y Santa Teresa. 

Santander, Cantabria. España

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